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Tecnología

Portátiles al sol (I)

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¿Has olvidado alguna vez tu portátil al sol? Vamos a mostrar cómo sufre nuestro dispositivo en esta época de máximo apogeo de las temperaturas. Este año, además, están subiendo por encima de la media, lo cual pone a prueba la capacidad de nuestro organismo para mantener la temperatura óptima de cara a desarrollar las actividades del día a día. Pero estas altas cifras también ponen a prueba a nuestros dispositivos tecnológicos, llevándolos a zonas de funcionamiento ‘incómodas’, hasta el punto de ser recomendable protegerlos para evitar que se averíen o no funcionen bien. Los portátiles son uno de estos dispositivos sensibles al calor. Y, ante la llegada de un verano tórrido, es conveniente adoptar algunas medidas preventivas para mantener su temperatura bajo control. No es broma, la tecnología sufre mucho cuando se somete a los efectos del calor, tanto en la parte de la electrónica, como de sus materiales, en el rendimiento y la vida útil de la batería. La refrigeración de los portátiles se basa en principios termodinámicos no demasiado diferentes a los que usa nuestro cuerpo, pero sin el componente del sudor. Los componentes electrónicos, y especialmente el procesador, alcanzan temperaturas de entre 80 y 100 grados. Si no hubiera un sistema que fuera “sacando” ese calor del procesador a un ritmo suficiente como para mantener un sistema continuo de generación y extracción, acabaría por quemarse y estropearse. La forma de “sacar” fuera ese calor es mediante los sistemas de refrigeración. De forma general, pegado al procesador está un disipador de cobre, excelente conductor del calor, que a su vez está unido a un sistema de ‘pipes’ o tubos en los que suele haber un líquido conductor que en la parte donde toca al procesador se vaporiza, para pasar a la parte fría del tubo de cobre, donde se vuelve a licuar en contacto con el aire, a una temperatura inferior. Cuando el calor generado por el procesador es muy alto y continuado, entra en acción el ventilador del portátil, que es el que escuchamos cuando estamos trabajando con aplicaciones de alto rendimiento. O cuando la temperatura ambiente es más elevada de lo habitual. El calor va de la parte caliente a la parte fría. Cuanto más fría esté, mejor será la disipación de calor. En verano, la temperatura ambiente puede ser más de 15 grados superior a la de otras estaciones, pasando de 20–25 grados a incluso más de 40 grados. Y eso afecta a la correcta refrigeración de la CPU. Hace años, cuando un procesador se calentaba en exceso por un problema con el ventilador, incluso llegaba a arder. Hoy en día, los fabricantes incluyen mecanismos que hacen que si la temperatura se mantiene por encima de límites “seguros”, el rendimiento del chip se reduzca para mantener la temperatura en niveles óptimos. Así que, como primer efecto del calor, tenemos que el rendimiento de nuestro portátil puede reducirse notablemente, impidiendo el uso del turbo boost, o incluso bajando la frecuencia de reloj nominal. El síntoma más evidente de que hay excesivo calor en el portátil es escuchar al ventilador funcionando todo el rato, lo cual significa que la temperatura ambiente no es capaz por sí misma de hacer que los principios termodinámicos funcionen. Por otro lado, los “calentones” de verano son un enemigo serio para las baterías. Son componentes químicos, y como tales, su funcionamiento óptimo depende de la temperatura. Las baterías de iones de Litio son bastante sensibles a sus cambios, tanto a los que se observan durante el proceso de carga como a los de la temperatura ambiente. Una exposición al sol directo, por ejemplo, puede degradar significativamente la capacidad de carga de la batería de nuestro equipo. Otro tanto de lo mismo sucede si lo usamos en lugares con una temperatura especialmente alta. Seguiremos la próxima quincena.

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